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Crisis de las democracias y movimientos sociales |
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escribe Atilio Boron "Los mercados secuestraron la democracia y, ante la consumación del despojo, la ciudadanía se replegó sobre sí misma" sostiene el sociólogo argentino Atilio Boron, analizando en esta nota cómo el capitalismo es el enemigo principal de las democracias latinoamericanas que no han sabido honrar sus promesas electorales y satisfacer las esperanzas que los pueblos depositaron en ellas. Las democracias latinoamericanas se enfrentan a un escenario cada vez
más amenazante. Su enemigo no es el que con insistencia señalan
desde Washington y repiten los intelectuales y los medios adscriptos a
su predominio: el "populismo" o el "socialismo". El
enemigo es el propio capitalismo, que ha debilitado el impulso democrático
tanto en el Norte desarrollado como en la periferia tercermundista. Los
mercados secuestraron a la democracia y, ante la consumación del
despojo, la ciudadanía se replegó sobre sí misma.
Su desinterés y apatía son síntomas que denuncian
a regímenes democráticos incapaces de honrar sus promesas
y de satisfacer las esperanzas que los pueblos habían depositado
en ellos1. Pero esta desilusionada defección de la falsa polis
democrática, dejando el campo libre para la acción de las
fuerzas del mercado, no alcanza: la imposición del proyecto del
capitalismo neoliberal, que avanza hacia la mercantilización de
la totalidad de la vida social, de hombres y mujeres tanto como de la
propia naturaleza, exige también criminalizar la pobreza y la protesta
social, militarizar los conflictos sociales y hacer de la guerra una pesadilla
infinita que se declara en contra de quienes no se plieguen incondicionalmente
al diseño imperial. Estas breves notas intentan esbozar algunos
de los problemas derivados de esta grave situación y el papel
que los movimientos sociales podrían desempeñar en la refundación
de un orden democrático. Capitalismo contra democracia Ante el triste espectáculo que ofrecen los capitalismos democráticos,
y no sólo en nuestra región, no han faltado las voces que
se alzaron para señalar, una vez más, la irresoluble contradicción
que opone capitalismo y democracia2. El mesurado politólogo británico
Colin Crouch es aún más pesimista: su tesis es que la era
de la democracia ha concluido, definitivamente. Debemos, en consecuencia,
pensar en sombríos capitalismos postdemocráticos (Crouch,
2004). Otras voces, como las de Boaventura de Sousa Santos, Hilary Wainwright,
Fernández Liria y Alegre Zahonero, conscientes de lo anterior,
se atrevieron a más y expusieron la necesidad de fundar un nuevo
modelo democrático (Wainwright, 2005). Una de las invitaciones
más persuasivas en esta dirección, dado su extenso y profundo
desarrollo, se encuentra en la obra de Boaventura de Sousa Santos (2002a;
2002b; 2006). No podemos en estas breves notas hacer justicia y examinar con el cuidado que se merecen estas diversas contribuciones, todas ellas fruto de una minuciosa indagación en torno a distintos modelos de construcción democrática rutinariamente ignorados o despreciados por el saber convencional de las ciencias sociales. Quisiéramos, sin embargo, detenernos en un punto común
a todos los autores citados: la reinvención de la democracia, o
la "democratización de la democracia", como enfáticamente
se propone en obra de Boaventura de Sousa Santos. Esta convocatoria comparte
el diagnóstico radical sobre la frustración del proyecto
democrático en el capitalismo. En sus propias palabras: La tensión entre capitalismo y democracia desapareció,
porque la democracia empezó a ser un régimen que en vez
de producir redistribución social la destruye [
] Una democracia
sin redistribución social no tiene ningún problema con el
capitalismo; al contrario, es el otro lado del capitalismo, es la forma
más legítima de un Estado débil (Santos, 2006: 75). Esta cita plantea de modo convincente la razón fundamental por
la cual el capitalismo -que combatió a la democracia desde sus
propios orígenes, en el Renacimiento italiano- terminó
por aceptarla. La democracia pagó un precio muy elevado por su
respetabilidad: tuvo que abandonar sus banderas igualitarias y liberadoras
y transformarse en una forma inocua de organización del poder político
que, lejos de intentar transformar la distribución existente del
poder y la riqueza en función de un proyecto emancipatorio, no
sólo la reproducía sino que la fortalecía dotándola
de una nueva legitimidad. Con toda razón le conviene a esta clase
de inocuos regímenes el nombre de "democracias de baja intensidad"
o, como lo planteáramos en un escrito reciente, "plutocracias"
u "oligarquías", debido a que son gobiernos que pese
a surgir del sufragio universal tienen como sus principales y casi exclusivos
beneficiarios a las minorías adineradas (Boron, 2005). Ahora bien, la superación de un modelo democrático tan
defectuoso plantea desafíos prácticos nada sencillos de
resolver, especialmente si se recuerda que, tal como lo planteara más
de una vez Aníbal Quijano, la democracia en el capitalismo es el
pacto por el cual las clases subalternas renuncian a la revolución
a cambio de negociar las condiciones de su propia explotación.
Apoyándose en un enorme esfuerzo de investigación comparada
sobre el funcionamiento de experiencias "contrahegemónicas"
de gestión democrática a nivel local y regional -que abarca
desde la India hasta la República de Sudáfrica, pasando
por Colombia, Mozambique, Portugal, y Brasil- Santos concluye en la necesidad
de promover la democracia participativa a partir del fortalecimiento de
tres ejes: a) la "demodiversidad", es decir el reconocimiento
y potenciación de las múltiples formas que puede históricamente
asumir el ideal democrático, negado por las corrientes del mainstream
de las ciencias sociales para las cuales el único modelo válido
es el de la democracia liberal al estilo norteamericano; b) la articulación
contrahegemónica entre lo local y lo global, indispensable para
enfrentar los peligros del aislacionismo localista o los riesgos de un
internacionalismo abstracto y sin consecuencias prácticas; y c)
la ampliación del llamado "experimentalismo democrático"
y de la participación de los más diversos grupos definidos
en términos étnicos, culturales, de género y de cualquier
otro tipo (Santos, 2002b: 77-78)3. El problema que subsiste a esta sugerente propuesta es que el crucial
tema de los límites que el capitalismo impone a cualquier proceso
democrático -y no sólo a aquel pautado según el modelo
de la democracia liberal anglosajona- queda eclipsado por la consideración
de un conjunto de experiencias innovadoras y fecundas pero que, aun así,
no logran trascender las rígidas fronteras que el capitalismo impone
a toda forma de soberanía popular4. En otras palabras, ¿hasta
qué punto es realista concebir la existencia -y postular la necesidad-
de una democracia de "alta intensidad", protagónica o
radicalmente participativa, sin establecer las condiciones requeridas
para su efectiva materialización en el espacio -hasta el día
de hoy estratégico e irreemplazable, dado que no existen ni un
estado mundial ni una ciudadanía universal- del estado nacional?
Porque, como lo confirma la experiencia brasileña, la tan celebrada
democracia participativa de Porto Alegre fue discretamente archivada por
uno de sus más ardientes propagandistas del pasado, el Presidente
Lula, que no hizo intento alguno de llevarla a la práctica en el
ámbito nacional5. Y eso que, en la experiencia gaúcha,
el carácter participativo de esa democracia se ejercía exclusivamente
en el terreno presupuestario y, además, en una pequeña
fracción de este que en ningún caso superaba el 15% del
total del presupuesto (Wainwright, 2005: 101)6. Lo anterior, conviene
aclararlo, no quita que la innovación puesta en marcha en Porto
Alegre sea una contribución importante en la búsqueda de
una radical democratización del estado y la política cuya
idea, sin embargo, trascendía claramente la discusión democrática
de una fracción minoritaria del presupuesto. Una democratización
radical no puede quedarse en eso sino que debe avanzar, tal como claramente
lo planteara Gramsci, tras las huellas de Marx, hacia el "autogobierno
de los productores". No obstante, para la burguesía la aceptación
de un modelo participativo con facultades para disponer democráticamente
de una fracción del presupuesto demostró ser apenas tolerable
(y eso con grandes resistencias, como lo prueba la experiencia de Porto
Alegre) en el plano local. ¿Quiénes son los (o las) protagonistas? La matriz ideológica de los capitalismos democráticos
es el liberalismo, una tradición intelectual cuya preocupación
jamás fue la de proponer un orden democrático sino que -como
lo demostraran sobradamente Macpherson y Therborn, entre otros, hace ya
varios años- la de resguardar la independencia y autonomía
del individuo -y, por extensión, de cualquier actor privado- frente
al estado, y de mantener a este dentro de los límites del llamado
"estado mínimo". Fiel a estos supuestos, la asimilación
de la demanda democrática por el liberalismo dio lugar a un híbrido
altamente inestable, la "democracia liberal", a la vez que consagraba
como el sujeto único del nuevo orden la figura imaginaria del ciudadano. Es por ello que, dentro de los marcos de la tradición liberal,
el papel de los movimientos sociales o de cualquier tipo de sujeto colectivo
no puede siquiera ser imaginado a la hora de reinventar la democracia.
Esta no es otra cosa que un contrato firmado por individuos iguales y
libres o, al menos, como quería Rawls, que si eran desiguales su
desigualdad permaneciera oculta tras "el velo de la ignorancia".
En consecuencia, la sola idea de un demos participativo, o de múltiples
sujetos colectivos reconstruyendo incesantemente el orden democrático,
es una pesadilla que las clases dominantes combaten sin ninguna clase
de concesiones. Por eso les asiste la razón a Fernández
Liria y Alegre Zahonero cuando en un ensayo reciente aseguran que para
el capitalismo la democracia "no ha sido, en realidad, más
que la superfluidad y la impotencia de la instancia política"
(Fernández Liria y Alegre Zahonero, 2006: 40). Bajo esta perspectiva, la problemática de los sujetos de la democracia,
entendida esta como la sola extensión del derecho al sufragio
a los pobres -pero con las suficientes salvaguardas legales e institucionales
como para evitar, en palabras de John Stuart Mill, "una legislación
clasista" que altere el orden social existente- se limitaba exclusivamente
al despliegue de los recaudos suficientes para asegurar la participación
(casi siempre manipulada por las oligarquías locales) del electorado
en los comicios. Nada más lejano, pues, del formidable desafío que iría a proponer Marx desde sus escritos juveniles, a saber: ¿cómo constituir un sujeto colectivo capaz de liberar a la sociedad de todas sus cadenas, superando la atomización y fragmentación propias del individualismo de la sociedad burguesa? Planteado en términos hegelianos, ¿cómo hacer que ese vasto conglomerado popular deje de ser una clase "en sí" y se convierta en una clase "para sí"? La respuesta, que no la puede ofrecer la teoría sino la práctica emancipatoria de los pueblos, nos remite a algunas problemáticas clásicas del marxismo: la formación de la conciencia, el problema de la organización y las formas de lucha de las clases subalternas. Además, ¿cómo hacer para que estas cristalicen una correlación de fuerzas que les permita instaurar una democracia genuina, que nos acerque al ideal del "autogobierno de los productores"? En otras palabras: no se puede pensar en "otra democracia" sin también pensar en "otros sujetos", distintos al individuo abstracto del liberalismo cuya productividad política se agotó hace rato. Pregunta tanto más complicada cuando se recuerda que la centralidad excluyente que Marx le había asignado al proletariado industrial exige, luego de siglo y medio de incesantes transformaciones del capitalismo, un radical replanteamiento de la cuestión. Ahora los eventuales "sepultureros" del capitalismo, prosiguiendo con una imagen clásica, dispuestos a poner en cuestión los fundamentos del viejo régimen son muchos. Parafraseando los versos de Antonio Machado podríamos concluir diciendo algo así como "militantes no hay sujeto, se hace el sujeto al andar". Un andar en donde se entretejen todas las luchas sociales desatadas por las múltiples formas de opresión capitalista: explotación, patriarcado, discriminación, sexismo, racismo y ecocidio, todo lo cual provoca el florecimiento de múltiples sujetos dispuestos a resistir y vencer. El viejo proletariado industrial ya no detenta el papel estelar del pasado. Es cierto, pero ahora no está solo. Ninguno de estos sujetos puede reclamar a priori un papel hegemónico
o de vanguardia en la imprescindible gran coalición contra el capital.
Esto se decidirá en la coyuntura, en función de la capacidad
efectiva de dirección (organización, conciencia, estrategia
y táctica) que cada quien demuestre en la lucha. Hic Rhodas, hic
salta! Democracia y revolución Para abreviar: ¿es posible democratizar la democracia dentro del
capitalismo? Para ello: ¿no será necesaria una revolución?
O, si se prefiere, para evitar el estremecimiento producido por la reaparición
de un término fulminado como démodé por el saber
convencional, ¿no habrá llegado la hora de hablar de un
cambio sistémico, del imprescindible advenimiento de una sociedad
postcapitalista como condición necesaria para reinventar una democracia
postliberal7? Para espíritus tal vez demasiado propensos a escandalizarse
con este argumento conviene recordar que, tal como lo estableciera definitivamente
la obra de Barrington Moore Jr. hace ya un buen tiempo, ningún
capitalismo democrático fue instaurado sin que previamente se produjera
lo que ese brillante teórico denominó "una ruptura
violenta con el pasado", es decir, una revolución (Moore,
1966). Esa fue la historia en Gran Bretaña, en Francia y en Estados
Unidos. Y donde esa ruptura no se produjo, como en Alemania o Italia,
el resultado fue el fascismo. La ausencia de antagonismos sociales no
significa que se esté marchando por el buen camino, o que estemos
en presencia de democracias consolidadas. Probablemente signifique exactamente
lo contrario. En todo caso, y más allá de la lógica
aprensión que provoquen esos conflictos, tales turbulencias no
hacen otra cosa que denunciar los dolores del parto de un nuevo régimen
político. La renuencia a enfrentar el problema, teórico y práctico
a la vez, de la revolución nos conduce a un callejón sin
salida puesto que se estaría suponiendo que las clases dominantes
del capitalismo estarían dispuestas a admitir pacíficamente
la entronización de un modelo democrático postliberal -que
promueva la soberanía popular, el protagonismo de la ciudadanía,
y la participación más que la delegación/representación-
incompatible con la preservación de sus privilegios. Las enseñanzas
de la historia, en cambio, confirman irrebatiblemente que esto no es así. En un texto escrito en medio del optimismo de las interminables "transiciones democráticas" (¡inconclusas a más de veinte años de iniciadas!) a mediados de los ochenta, decíamos que en nuestros países el precio que se paga por la osadía de pretender reformar, aun módicamente, la realidad social es el terror preventivo de la reacción o el terror reactivo de la contrarrevolución (Boron, 2003: 202). Esta apreciación, tachada de pesimista o ingenuamente radical por los "intelectuales bienpensantes" de la época, fue luego infelizmente confirmada por los hechos. El prolijo examen del asunto efectuado por Fernández Liria y Alegre Zahonero demuestra conclusivamente que las tentativas de instaurar una democracia que se aproximase a ese ideal costaron un millón de muertos en la España republicana y cuarenta años de dictadura fascista; 200 mil más en Guatemala y 50 mil desaparecidos, según informa la Comisión de Esclarecimiento Histórico de ese país; 30 mil desaparecidos en Argentina; 3.200 desaparecidos en Chile y miles de torturados y exiliados. El listado sería interminable si se le agregan los muertos y desaparecidos durante la Guerra Civil en El Salvador, Nicaragua, Haití y el interminable baño de sangre en Colombia, con más de 20 mil muertos por año desde mediados de los años sesenta, cinco mil dirigentes de la legal Unión Patriótica asesinados en menos de diez años y tres millones y medio de campesinos desplazados por la guerra. Este lúgubre cuadro es lo que muy apropiadamente Santiago Alba Rico denomina "pedagogía del voto". Si la democracia significa que la sociedad está dispuesta a ensayar lo que en la década del sesenta y del setenta se denominaba una "vía no-capitalista", la respuesta disciplinadora es un baño de sangre (Fernández Liria y Alegre Zahonero, 2006: 5059; Alba Rico, 2006: 1317). Esta enumeración basta para iluminar los obstáculos que
se yerguen ante cualquier tentativa de fundar un régimen democrático
digno de ese nombre. "Reinventar la democracia" podrá
ser considerado un proyecto muy razonable, sensato y gradual por las clases
subalternas, sus intelectuales y sus organizaciones sociales y políticas.
Pero para la derecha, sobre todo "nuestra" derecha en América
Latina, un proyecto de ese tipo es inequívocamente subversivo y
debe ser segado de raíz. Si se tiene en cuenta, además,
la íntima articulación entre ella y las clases dominantes
del imperio, con representantes políticos como los "halcones"
de Washington, es fácil concluir que cualquier iniciativa de profundización
democrática desencadenará un abanico de respuestas represivas
de todo tipo8. El papel de los movimientos sociales Las decepcionantes limitaciones de las democracias latinoamericanas y la crisis que atraviesa a los partidos (y también a los sistemas de partidos) explican en buena medida el creciente papel desempeñado por los movimientos sociales en los procesos democráticos en la región. La deslegitimación de la política y los partidos abrió un espacio para que "la calle" -esa metáfora tan amenazante para las democracias liberales- adquiera un renovado y acrecentado protagonismo en la mayoría de los países. Esta presencia de las masas en la calle, que había sido reconocida por Maquiavelo como una vigorosa muestra de salud republicana, refleja la incapacidad de los fundamentos legales e institucionales de las "democracias" latinoamericanas para resolver las crisis sociopolíticas dentro de los procedimientos establecidos constitucionalmente. A raíz de esto, la realidad de la vida política se mueve en una ambigua esfera de lo ilegal, mientras que la legalidad establecida por las instituciones se derrite al calor de la crisis política permanente y el protagonismo de las masas. Revueltas populares derrocaron gobiernos reaccionarios en Ecuador en
1997, 2000 y 2005; en Bolivia en 2003 y 2005, abriendo paso a la formidable
victoria electoral de Evo Morales a finales de este último año;
forzaron la salida de Alberto Fujimori en Perú en el año
2000 y de Fernando de la Rúa en Argentina al año siguiente.
Apenas ayer, los jóvenes estudiantes de los liceos chilenos pusieron
en jaque al gobierno de la Concertación exigiendo la derogación
de la reaccionaria legislación educativa del régimen de
Pinochet. Más allá de la fragilidad del entramado institucional,
lo que estas rebeliones populares comprueban es que este largo período
de un cuarto de siglo, o más, de gobiernos neoliberales -con todo
su equipaje de tensiones, rupturas, exclusiones y niveles crecientes de
explotación y degradación social- creó las condiciones
objetivas para la movilización política de grandes sectores
de las sociedades latinoamericanas. Cabe preguntarse: ¿son las
revueltas plebeyas arriba mencionadas meros episodios aislados, gritos
de rabia y furia popular, o reflejan una dialéctica histórica
tendencialmente orientada hacia la reinvención de la democracia?
Una mirada sobria a la historia del período abierto a comienzos
de los años ochenta revela que no hay nada accidental en la creciente
movilización de las clases populares ni en el final tumultuoso
de tantos gobiernos democráticos en la región. Es por eso
que por lo menos dieciséis presidentes -casi todos ellos obedientes
clientes de Washington- tuvieron que apartarse del poder antes de la expiración
de sus mandatos legales, depuestos por arrolladoras rebeliones populares.
Por otra parte, los plebiscitos convocados para legalizar la privatización
de empresas estatales o servicios públicos invariablemente defraudaron
las expectativas neoliberales, como en el caso de Uruguay (obras sanitarias
y terminales portuarias) y el abastecimiento de agua y electricidad en
Bolivia y Perú. También hubo grandes movilizaciones populares
en diversos países para oponerse al ALCA o a la firma de TLCs;
para pedir la nacionalización del petróleo y el gas en Bolivia;
oponerse a políticas de privatización -del petróleo
en Ecuador, la compañía telefónica en Costa Rica
y los sistemas de salud en varios países; poner fin al saqueo de
los bancos, principalmente extranjeros, como en Argentina; y terminar
con los programas de erradicación de coca en Bolivia y Perú.
Puede sonar demasiado hegeliano, pero todos estos acontecimientos muestran
una inconfundible direccionalidad. Organización, conciencia, estrategia Hay varias lecciones que se pueden desprender de este renovado protagonismo
de las insurgencias populares en América Latina. En primer lugar,
la necesidad que tienen los partidos políticos, sobre todo los
que pretenden encarnar un proyecto emancipador, de concebir e implementar
una estrategia que trascienda los estrechos límites de la mecánica
electoral. No se puede pretender transformar radicalmente un orden social
estructuralmente injusto y predatorio con las solas armas disponibles
en la escena electoral. La burguesía jamás obra de modo
tan ingenuo y unilateral, y nunca despliega una estrategia única
y, para colmo, en un solo escenario de lucha. Por el contrario, su presencia
en el terreno electoral se combina con otras iniciativas: huelgas de inversiones,
fuga de capitales, lock outs, presiones sobre los dirigentes estatales,
articulación con aliados internacionales que refuerzan su gravitación
local, control de los medios de comunicación y, más generalmente,
de los "aparatos ideológicos" mediante los cuales pueden
lanzar efectivas "campañas de terror" para intimidar
o atemorizar votantes, alianzas con las fuerzas armadas, cooptación
de dirigentes populares, corrupción de funcionarios públicos
y legisladores, lobbies de diverso tipo, movilización de masas,
todo lo cual configura una estrategia integral de conquista y conservación
del poder que ni remotamente se circunscribe, como ocurre con los partidos
populares, a la estrategia electoral. Es cierto que para desplegar una
estrategia tan omnicomprensiva como esta se requiere de cuantiosos y diversificados
recursos que ninguna fuerza popular tiene a su disposición. Pero
también es cierto que si los partidos de izquierda quieren cambiar
el mundo, y no sólo dar testimonio de su injusticia y perversión,
tendrán que demostrar que son capaces de concebir y aplicar estrategias
más integrales que combinen, junto a la electoral, otras formas
de lucha. Este es precisamente el terreno en el cual los movimientos sociales han
demostrado una creatividad superior a la de las organizaciones políticas.
Los acontecimientos de los últimos años en la región
enseñan que estos han adquirido una inédita capacidad para
desalojar del poder a gobiernos antipopulares, pasando por encima de los
mecanismos establecidos constitucionalmente, que no por casualidad se
caracterizan por su fuerte prejuicio elitista. Para la cultura política
dominante en las así llamadas democracias latinoamericanas la política
es un asunto de elites y de instituciones, no de pueblos movilizados,
y la ciudadanía debe moderar sus ansias de participación:
ir a votar, pero no masivamente, y evitar inmiscuirse en las transacciones
y componendas realizadas por políticos y gobernantes. De todos modos, hay una segunda lección que también es
preciso tener en cuenta y que nos enseña que esta activación
saludable de las masas fracasó a la hora de construir una alternativa
política que no sólo pusiera fin a gobiernos reaccionarios
sino que condujera también a la inauguración de una etapa
postneoliberal. La insurgencia de las clases subalternas adoleció
de un talón de Aquiles fatal, resultante de la convergencia de
tres fenómenos fuertemente interrelacionados: a) la fragilidad
organizativa; b) la inmadurez de la conciencia política; y c) el
predominio absoluto del espontaneísmo como modo normal de intervención
política. En relación al tema de la conciencia radical y emancipatoria, por no decir revolucionaria, ¿cómo lograr que los movimientos desarrollen ese tipo de conciencia que les permita superar los límites de la inmediatez espontaneísta? No está de más repetir nuevamente que en ausencia de una teoría emancipatoria (o, si se prefiere, revolucionaria) difícilmente habrá prácticas de masas que sean emancipatorias o revolucionarias. Si, como suele decirse, el modelo kautskiano de la conciencia radical introducida "desde afuera" por intelectuales revolucionarios ha fracasado, ¿podría afirmarse que la estrategia gramsciana de construcción de contrahegemonía desde las trincheras mismas de la sociedad civil ha triunfado? ¿O tal vez deberíamos cifrar nuestras esperanzas en las perspectivas concientizadoras que abre la pedagogía del oprimido de Paulo Freire? Se trata, como puede verse, más que de certidumbres de preocupaciones
abiertas y grandes interrogantes cuyo tratamiento es imprescindible a
la hora de encarar un proyecto de refundación democrática. ¿Alternativas? No hay alternativas fuera del protagonismo que puedan asumir, bajo ciertas
circunstancias, los sujetos que constituyen el campo popular. Tal como
lo recordara recientemente Daniel Bensaid, la salida no la puede proporcionar
el ejemplo de San Francisco (como sugieren Hardt y Negri), o el Grito
(como lo plantea Holloway), o el acontecimiento incondicionado (Badiou)9.
La política aborrece de la metafísica: sin la activación
de los movimientos, sin su conquista del espacio público desde
las calles -¡y a pesar de las instituciones "democráticas"!-
no habrá tránsito al post-neoliberalismo. Pero no hay lugar
para la autocomplacencia. Esto sólo no basta: las masas en las
calles pudieron derrocar gobiernos neoliberales, sólo para ser
reemplazados por otros muy parecidos. En muchos casos la imponente movilización
popular se esfumó en el aire poco después de consumado el
desalojo del gobierno pero sin haber sido capaz de sintetizar su diversidad
en un nuevo sujeto político imbuido de los atributos necesarios
para consolidar la correlación de fuerzas existente y evitar la
recaída a situaciones anteriores. El caso ecuatoriano es un ejemplo
clarísimo de ello, pero está lejos de ser el único.
No obstante, si los movimientos sociales fracasaron en la construcción
de una alternativa, nada distinto ocurrió con los gobiernos surgidos
por la vía electoral. Lula en Brasil, Kirchner en Argentina y
Vázquez en Uruguay muestran claramente la impotencia de las clases
subalternas para imponer una agenda postneoliberal en gobiernos elegidos
por grandes mayorías populares y precisamente para ese fin. Si
durante las situaciones de turbulencia política aquellas derrocaron
a gobiernos neoliberales para luego desmovilizarse y replegarse, en los
casos de recambio constitucional la lógica política fue
sorprendentemente similar: las masas votaron y después regresaron
a sus casas. Pero hay una importante diferencia: la gesta de los movimientos
dejó profundas (si bien dolorosas) enseñanzas para las clases
populares, y les hizo barruntar las potencialidades transformadoras que
encierra su protagonismo. En las experiencias de recambios electorales,
en cambio, les quedó tan sólo el sabor amargo de la impotencia,
de un nuevo engaño y una nueva frustración. La capacidad sin precedentes de las masas populares para derrocar gobiernos antipopulares las reintrodujo en la escena política como un nuevo factor. Antes de su insurgencia, los únicos sujetos de las "transiciones democráticas" eran los partidos. Ya no más. La importancia de su papel ha quedado claramente demostrada en los casos más interesantes y prometedores de la política sudamericana: Venezuela y Bolivia. En Venezuela, haciendo posible con su fulminante y espontánea movilización la derrota del golpe de estado fascista y la radicalización de la Revolución Bolivariana. En Bolivia, al demostrar la excepcional productividad que pueden tener una pluralidad de sujetos movimientistas cuando, sin dejar de serlo, son al mismo tiempo capaces de darse una estrategia político-institucional que combine creativamente la calle con las urnas. Los tres únicos gobiernos de izquierda que hay en América Latina: Cuba, Venezuela y Bolivia (por orden de aparición) se enfrentan a formidables desafíos10. El hostigamiento abierto o encubierto de EE.UU., los intentos golpistas, la criminalización internacional, el sabotaje económico, la manipulación mediática y las "campañas del terror" se combinan con las "condicionalidades" de las instituciones financieras internacionales para ahogar en su cuna cualquier proceso emancipatorio. Es preciso no hacerse ninguna ilusión en el sentido de que los beneficiarios internos y externos de un statu quo tan injusto como el actual permanecerán de brazos cruzados ante los vientos de cambio que hoy barren la escena latinoamericana. El avance de un genuino proceso de democratización, una "reinvención democrática" que reemplace al simulacro que prevalece en la región, es muy posible que desate la ferocidad represiva que tan bien conocemos en Latinoamérica. Pero la supervivencia de la Revolución Cubana, la consolidación de la Revolución Bolivariana y los nuevos procesos en marcha en Bolivia y Ecuador autorizan a pensar que la historia no es un eterno retorno y que hay momentos, como el actual, que nos permiten abrigar un cauteloso optimismo. Bibliografía Notas 1 Ver, por ejemplo, los resultados del estudio de Latinobarómetro, año 2005. Mediciones realizadas en veinte países latinoamericanos demuestran que entre 1995 y 2005 el apoyo a la democracia, concebida como un ideal político, descendió del 58 al 53%, siendo Uruguay y Venezuela los dos países en donde este indicador registra los más elevados guarismos (77 y 76%, respectivamente). La satisfacción con los gobiernos democráticos arrojó resultados aún más ominosos: una baja del 38 al 31% en ese mismo decenio. Una vez más, Uruguay y Venezuela son los países en donde el porcentaje de satisfechos es más elevado: 63 y 56%. El informe citado menciona que sólo un 27% de la muestra se declaraba satisfecho con la economía de mercado en 2005, mientras que apenas un 31% se pronunciaba a favor de las privatizaciones. Que se sepa, ningún gobierno de la región ha mostrado el menor interés en someter a un referéndum popular a la economía de mercado o a las privatizaciones. 2 Hemos examinado extensamente este fenómeno en Boron (2000; 2005). Ver asimismo Meiksins Wood (1995). 3 Debe destacarse que, en el caso de Wainwright, aparte del examen de la experiencia de Porto Alegre, en su libro se consideran también una serie de casos de democracia radical y "basista" que tuvieron lugar en tres ciudades de un país del capitalismo avanzado: Manchester, Luton y Newcastle, en el Reino Unido, con lo cual se complementan muy bien los estudios de Boaventura de Sousa Santos, que tuvieron lugar principal, si bien no exclusivamente, en el Tercer Mundo. 4 Es por eso que, tal como lo argumentáramos en Boron (2000), lo correcto es hablar de "capitalismo democrático" en lugar del uso más extendido que consagra la fórmula "democracia capitalista o burguesa". En la primera formulación queda claro que lo sustantivo es el capitalismo y que la democracia es una consideración adjetiva que no modifica sino superficialmente la estructura capitalista subyacente. En la segunda formulación, que no por casualidad es la que goza de mayor predicamento en las ciencias sociales, el mensaje implícito es que lo sustantivo es la democracia, siendo el capitalismo apenas una nota accidental que le otorga una tonalidad distintiva pero nada más. De ese modo se postula, subliminalmente, que lo que cuenta es la sustancia democrática del orden social y no su fenomenología capitalista que, por eso mismo, no puede interferir de ninguna manera con el funcionamiento de la estructura democrática de la sociedad. Así, el capitalismo se mimetiza con la democracia y ¡quién podría estar en contra de esta! Se produce entonces una nada inocente inversión hegeliana, en donde el sujeto (el capitalismo) se convierte en predicado (la democracia) y esta en sujeto. 5 Un minucioso estudio del presupuesto participativo se encuentra en Santos (2002a). Un análisis más general se encuentra en Avritzer (2002). 6 Wainwright estima que los márgenes reales de discusión presupuestaria que quedaban librados a manos de los ciudadanos fluctuaban entre el 10 y el 15% del total (Wainwright, 2005: 91-121). 7 Ver Macpherson (1973), donde este autor se interroga si la tradición liberal dispone de una teoría de la democracia post-liberal, capaz de dar cuenta de las nuevas realidades del capitalismo monopolista. Su respuesta es claramente negativa. Es más, sugiere que lo que hoy pretende pasar por una teoría post-liberal es una regresión a las teorizaciones más recesivas del liberalismo. "Estaría más cerca de la verdad denominar a tal teoría liberal pre-democrática" (Macpherson, 1973: 179). En realidad, una doctrina post-liberal de la democracia sólo puede ser la expresión teórica que brote de la práctica emancipatoria de las clases subalternas. No se trata de ingeniosidad discursiva ni de pergeñar un elegante juego de lenguaje. 8 Las tentativas "desestabilizadoras" en Venezuela, amén del paro patronal, la huelga petrolera, etcétera. Lo mismo está ocurriendo hoy día con Evo Morales en Bolivia. 9 En una conferencia pronunciada en la Secretaría Ejecutiva de CLACSO el 12 de abril de 2006. 10 Se desprende de esta enumeración que no consideramos como gobiernos de izquierda a los corrientemente así denominados en América Latina, como el de la Concertación en Chile, Lula en Brasil, Vázquez en Uruguay, o Kirchner en Argentina. Gobiernos indiferentes ante los planteamientos más elementales de la justicia distributiva, que observan con pasividad la destrucción del sistema de salud pública o la educación pública no pueden ser considerados de izquierda bajo ningún posible criterio taxonómico. La confusión reinante en esta materia queda en evidencia, hasta extremos patéticos, en la más reciente obra de Antonio Negri, esta vez en colaboración con Giuseppe Cocco, en la que luego de asimilar en una misma "categoría de análisis" a Chávez, Lula y Kirchner dicen que: "En Brasil, la Argentina y Venezuela, un vasto terreno de experimentación y de innovación democrática debe profundizarse a partir de las relaciones abiertas y horizontales entre los gobiernos y los movimientos" (Cocco y Negri, 2006: 28). ¿Experimentación e innovación democrática en la Argentina o el Brasil de hoy? |
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